I moved/ Me trasladé

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03-04-10

Objeto cotidiano: Incertidumbre telefónica


Texto para la sección Objeto Cotidiano, publicado en Km Cero.

Fue la duda la que le dio el carácter adolescente. La que hizo enrollar y desenrollar muchas veces el cable, hasta dejarlo larguísimo. Una duda que fue creciendo a medida que se iban quemando etapas. Primero decidirse a llamar. Segundo quién contestará. Tercero tener respuestas preparadas para todas, sí, TODAS las posibilidades y cuarto, cómo empezar la conversación. Ya superadas esas barreras las cosas podían ir literalmente por una sola línea.
El teléfono fijo tenía la intimidad que ni el más cursi de los emoticones podría conseguir y la calma que el celular no siempre asegura con su movimiento permanente. Era para sentarse en la pieza y mirarlo fijo, mientras con la otra mano se apretaba un pedacito de papel con un número escrito a lápiz pasta.
Un poco gordo, incluso feo, sin muchas más funciones que la posibilidad de escuchar un “¿Aló?” desde el otro lado, este hermano mayor de aparatos diminutos que hasta sacan fotos, se fue llenando de polvo sobre la mesa, sin merecer más atención que la de dos vasos plásticos conectados a través de un cordelito.
El fallecido Lucho Zapata, vocalista de la banda nueva olera Los Tigres, no podría creerlo. Su hit adolescente, “Me colgaste el teléfono”, que versaba sobre un tipo que había vivido dicha humillación, ahora suena como un registro histórico de tiempos pretéritos.
Lo mismo ha hecho el cine. En Las Vírgenes Suicidas de Sofía Coppola, una película ambientada en los setenta sobre el pasado y la memoria, el teléfono fijo tiene un carácter vintage, a la par nada menos que con los tocadiscos. La escena es así: un grupo de niños están enamorados de sus vecinas, las más lindas del barrio, pero también las más reprimidas y por lo mismo recluidas por sus padres, y deciden llamarlas. No saben qué decirles y dejan que la música hable por ellos.
Tienen largas conversaciones, pero nunca emiten palabra alguna. Sólo canciones. La calidad del sonido del teléfono fijo, permite el intercambio. La elección de cada pieza musical implica volver a plantearse dudas, qué tema poner ahora, con qué canción nos contestarán.
Esa incertidumbre, esconde la alegría de saber que al otro lado hay una persona dispuesta a escucharte por largo rato, a medida que los oídos se van entibiando contra el auricular.
Para Roberto Bolaño las largas llamadas telefónicas eran un género literario en sí mismo. Finalmente bautizó un libro así. Su suspenso es narrativo. Lo comprobamos hace pocos días, cuando los celulares no funcionaban bien, se movió la tierra y luego los hombres. Ahí recordaron a su antiguo confidente y volvió la duda, esta vez incrementada, porque la respuesta podía traer sorpresas difíciles de asimilar para el resto de la vida: “¿Aló? ¿estás bien?”.

3 comentarios:

Antonia Balle dijo...

Me encantó, aunque yo no soy buena para hablar por teléfono o celular.

Saludos!!

Enrique Núñez Mussa dijo...

Vero, muchas gracias. En otros tiempos no quedaba otra que comunicarse por teléfono no más, aunque uno no le gustara mucho. Igual tenía su mistíca la cosa.

Saludos.

Danilo Dawson V. dijo...

Enrique, buenisimo he estado viendo tu blog todo este tiempo pero creo que no se me habia ocurrido algo ocurrente que decir, y quizas aun no se me ocurre, pero sinceramente, me transportaste, estoy totalmente de acuerdo.