I moved/ Me trasladé

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28-03-10

Taxi


Así se llama el cuento, lo escribí en 2008 y hace unos meses apareció publicado acá.

La gaviota voló antes de tiempo

Finalmente el Festival de Viña 2010 tuvo canción ganadora, "Volare", y si ya importaba poco cuando la premiación iba a ser en el contexto del show en la Quinta Vergara, ahora importó menos aún. Acá una columna festivalera, opinando sobre una parrilla de artistas que no alcanzó a concretarse por la triste situación que vivió nuestro país. Un recuerdo de cuando Chile todavía podía concentrarse en lo sin importancia, publicado en Km Cero.


Festival de Viña: Asusta, pero nos gusta


Por más que nos quejemos de sus artistas invitados, igual adoramos el Festival de Viña con sus shows freak y momentos extraños. Con una parrilla a la altura de las circunstancias, 2010 no es la excepción.


Ilustración de Manuela Montero para Km Cero.

Este Festival de Viña será lejos el mejor que se ha hecho en años. Tranquilos, no es que de un día para otro se me des-ecualizaron los tímpanos o que no he visto eventos como Los Grammy o los Premios MTV. Pero creo que hay un problema de conceptos. Es fácil quejarse de que la parrilla es floja, que traen a puros desconocidos, que es la fiesta del surrealismo y que a nadie le importa la competencia. Sin embargo, ¿no es eso acaso el Festival de Viña? En ese sentido, el de 2010 cumple con todos los requisitos.

No estemos con cosas, la gran gracia que tiene el Festival es precisamente poder reírnos de las malas decisiones, de esos momentos que sólo un pequeño espacio al sur del planeta se puede permitir, porque en realidad lo que ocurre a nadie le importa mucho y ya en marzo habrá cosas nuevas en las que pensar.

¿El Hombre Láser fue realmente un momento desagradable? ¿De verdad lo pasamos mal cuando Oscar Gangas se bajó humillado por las pifias? ¿Encontramos tan terrible el Bolocazzo o pensamos que realmente Enrique Iglesias estaba a la altura de un terrorista talibán cuando quiso comprobar si su gaviota de verdad volaba?

Cuántas conversaciones hemos podido mantener durante años gracias a estos episodios, cuántas risas nos han regalado, cuánto nos han unido con otros chilenos. Hasta los que dicen no ver tele, conocen al menos una de estas historias. Si la meta es pasarlo bien, creo que le debemos más a Leonardo Farkas que a cualquier artista de la competencia, con todo el respeto que se merecen.

Para este Festival del Bicentenario, palabra que parece una marca registrada de Canal 13 (sólo faltan Los Simpson del Bicentenario), la parrilla tenía que ser especial y lo lograron. Concentraron en un solo Festival lo mejor de todos los anteriores.

Hace unos años para que no se pierda aquello de “internacional”, la organización en un afán arqueológico ha visitado un extraño museo donde se encuentran artistas del pasado que son resucitados por un módico precio. En esta edición, sobre cualquier otra, había que tener sí o sí a algún tatita que al menos hace dos décadas hubiera causado furor. Los elegidos: Paul Anka, tan tieso como su sonrisa; y Raphael, a quien aún algunos tienen la desfachatez de presentar como “el niño”.

Por algún motivo, un día alguien decidió que en un festival de la canción era importante bailar. Seguramente un complejo proceso intelectual llevó a los productores a una conclusión tremendamente lógica: que las canciones bailables las debían interpretar bailarines. Sólo eso explica la presencia de Axé Bahía en la Quinta Vergara en 2002. Luego, la cosa evolucionó más aún y surgió una especie intermedia: los reggaetoneros. Para 2010 Don Omar se repite el plato y llega Tito El Bambino que ejecutará un cuidado perreo intenso, digno de un prestigioso Festival.

También para subirle el pelo al espectáculo, pero con gel, estará Américo. No puede haber Festival sin un artista revelación y en este caso le tocó a este maestro de la canción tropical que en una coherente decisión compartirá el escenario la misma noche con los ilusionistas rusos que remplazarán a Felo.

Un tema aparte es el caso “Felogate”. Ahora que están de moda las conspiraciones, el 2012, el calentamiento global y Yingo, se puede esperar cualquier cosa. ¿No será que lo de Felo fue toda una estrategia cuando el canal descubrió que el Festival estaba incompleto porque no tenían un número de variedades que le hiciera el peso a otros legendarios como el Hombre Rueda?

No, sería esperar mucho de la misma comisión que decidió traer de nuevo a Arjona. Menos si consideramos que para representar a “la juventud” invitaron a formar parte del jurado a Fanny Lu, sobre la que no hay mucho más que decir que efectivamente Fanny es su nombre (no artístico) y que ése es su principal atractivo.

Para que ella no se sintiera sola, en un gesto muy generoso fueron convocados unos tipos que se llaman Reik y una chicoca de onomástico Anahí, que parece que cantan o algo así. Los que seguro cantan y que vienen por segundo año consecutivo, son Leo Rey y sus secuaces de La Noche, que demuestran el novedoso panorama musical de nuestro país.

Tan novedoso como tener a Beto Cuevas en el escenario que probablemente va a cantar todas las canciones de La Ley, pero en solitario; es decir, igual que siempre. La misma noche en que Vicentico hará algo parecido con Los Fabulosos Cadillacs y sus fabulosas poncheras.

También argentinos y cerrando una noche estará Miranda!, un número tibio para que no asesinen al pobre Bombo Fica que aparecerá en la mitad de la jornada y necesita sus luquitas para terminar de pagar la educación de Bombito. Si Ud. es buena persona, nadie le pide que se ría, pero al menos no lo pifie.

A los que seguro nadie pifiara, que se deberían llevar hasta la golondrina de aluminio y que finalmente parecen más fuera de lugar que estudiante de intercambio noruego en colegio fiscal, son Coco Legrand y Los Jaivas, pero como ellos mismos cantan, para qué vivir tan separados. Es nuestra gran fiesta y la única que tenemos. Peor es nada.

La curiosidad como vocación

Columna para el periódico de FCOM UC, "Comunicaciones UC", publicada en Octubre de 2009.

16-03-10

El inapelable final


A los que están comenzando el semestre, recuerden que en algún minuto llegará el final. Columna publicada el 1 de diciembre de 2009 en Km Cero.

La sensación de vacío que aparece cuando se termina un semestre dura poco y se esconde como una sombra mal agradecida frente a las próximas vacaciones.

Terminar. Esa palabra se convierte en una obsesión al final de cada semestre. Se supone que el más suertudo es el primero que termina con todos los ramos, el que queda libre. Y sí, algo de suerte tiene, pero al mismo tiempo es el primero que se pierde un pedazo de existencia.

Es el primero que se aprende la programación de la tele, que descubre todos los secretos de Twitter y Facebook y el primero que empieza con los mails a los compañeros exigiendo una junta, mientras los otros no existen pensando en sus exámenes.
Las cosas cambian de un semestre a otro y a veces ocurre que ese mismo ser es el último en terminar, el que llega a una universidad vacía a encerrarse con un montón de fotocopias; el que debe ir a dar un examen a una sala repleta de caras con ansias de vacaciones, algunas algo tostadas y cientos de sandalias, que le roban un rato al verano; y por último, la más triste de las situaciones: es el personaje que no duerme en toda una noche y llega a un edificio silencioso sólo para entregarle un trabajo a la secretaria del profesor y luego volver a su casa con una libertad que no es posible asimilar hasta que han pasado las necesarias horas de sueño.

Tanto para los que terminan temprano, como para los que terminan tarde, llegará el momento en el que tomarán la micro final o harán el último viaje en Metro hacia la libertad. En ambos casos aparece una pequeña amargura, que apenas se percibe por la felicidad de las vacaciones.
En el primero, viene por estar dejando un mundo que sigue funcionando a su espalda, a amigos que seguirán viéndose por al menos un par de semanas, conversaciones en las que no podrá participar, a esa chica con la que no podrá seguir coqueteando si no es por internet y el arrepentimiento de no haber apurado las cosas como para invitarla a salir.
En el segundo, se ha generado una intimidad entre la persona y el espacio. La universidad vacía adquiere un aire distinto, enrarecido, único. Como si sin estudiantes hubiera perdido el alma y nadie más que ese alumno fuera el responsable de darle respiración artificial. De entregarle sentido a los baños abiertos, las ampolletas encendidas o a las mesas de la biblioteca.

La sensación de vacío no dura más que un par de días en los casos más extremos y luego se olvida. Empieza el verano, los amigos y la diversión en su estado más puro. En un momento llega un día en que la palabra terminar renace con más fuerza. El día más deseado de toda la carrera, el verdadero, definitivo, último e inapelable final. Como es de esperar, también debe aparecer esa sensación de vacío, pero me imagino que esta vez se queda para siempre y que con los años se convierte en nostalgia.